Podemos considerar que para el final de la Edad Media existe un punto claro, un límite bien definido y toda una serie de pautas de comportamiento cotidiano, político, religioso y socioeconómico que en ese momento desaparecen para dejar paso a otras pautas características de un nuevo período histórico, en este caso el Renacimiento. De esta manera, podemos concluir que el fin de la Edad Media ha de deberse a un hecho o acontecimiento histórico concreto, ya sea la caída de Constantinopla a manos turcas en el 1453, bien la invención de la imprenta por Guttemberg algunos años después o el descubrimiento del Nuevo Mundo por Colón.
Ahora bien, ¿es correcta esta presuposición? o, por el contrario, ¿se ha de establecer que para marcar el paso de una época a otra es prácticamente imposible señalar un acontecimiento o un momento histórico concreto?. Y, por lo tanto, ¿ha de entenderse que la decadencia, el fin, del Medievo comienzan a darse en el mismo período medieval, con unas causas, ya económicas, ya políticas o sociales, que, desde su propio interior, van ejerciendo una presión que obligan al cambio, produciéndose éste de manera progresiva y paulatina?.
Para contestar a esta cuestión, vamos a indagar en el período de transición entre la época medieval y el nuevo mundo Renacentista, desentrañando algunos de los aspectos de continuidad, si los hubiera, que se mantendrán en el segundo de los períodos heredado del primero de ellos. Por otra parte, también buscaremos los elementos disonantes, los cambios y las rupturas en algunos ámbitos de una época a otra. Vamos a centrarnos en tres ámbitos: religión(o religiosidad), política y economía y sociedad.
ECONOMÍA Y SOCIEDAD
A lo largo de la Edad Media se mantuvo de forma inalterable una estructura social, basada en estamentos, que dividía los grupos humanos en dos grandes grupos sociales, privilegiados y no privilegiados. El primero de los términos hace referencia a aquellos estamentos, divisiones sociales por cuestión de nacimiento, que mantenían una posición preponderante respecto a los otros, con unos privilegios en materia jurídica, económico y fiscales que les permitían ocupar un lugar predominante en la estratificación social. A este grupo pertenecían la nobleza y el clero. Enfrente, o mejor por debajo, se situaban los no privilegiados, el pueblo llano, los individuos que con su trabajo habían de mantener mediante impuestos a los privilegiados, eso sí a cambio de protección física y espiritual, a los que estaban sujetos por lazos de fidelidad personal y de vasallaje, sin ningún tipo de privilegios tales como el de los otros grupos señalados. Por encima de todos, en la cúspide de la pirámide social se encontraba el monarca, que en principio no pasaba de ser un primus interpares, es decir, un primero entre iguales.
Sin embargo, aunque esta estructuración permaneció, en esencia, inalterable a lo largo de todo el período, sí se vio sometida a pequeñas modificaciones que, finalmente, serían causa de la llegada de un nuevo orden social. Con la Baja Edad Media comenzó un proceso de renacimiento urbano, es decir, la vuelta a la importancia de las ciudades que habían pasado a un segundo plano desde la caída del Imperio Romano, aunque seguirá predominando la importancia del ámbito rural, aunque cada vez con menor magnitud.
En el contexto de renacimiento urbano se produce una oleada de población, una migración de gran calado, hacia el nuevo ámbito, lo que producirá un aumento cualitativo y cuantitativo de las ciudades. Ello tiene una explicación, y es que unido a las mejoras en técnicas y utensilios agrícolas que traerá parejo un aumento demográfico, los nuevos habitantes de las ciudades, denominadas burgos y de ahí el término burgués para designar a sus habitantes, se verían descargados de las cargas de los feudales y vasallísticas que en los ámbitos rurales habían de mantener, lo cual suponía una motivación más para que se produjeses diversas oleadas de población en dirección campo-ciudad. Muy significativa aquel dicho de la época que rezaba el aire de la ciudad nos hace libres.
Este hecho favorecerá no solamente a los individuos que en su migración abandonen las pesadas cargas impuestas por los señores, sino que permitirá una potencialidad susceptible de ser utilizada por el monarca para luchar contra el poder de la nobleza territorial, logrando de tal forma una recuperación y consolidación efectiva de su poder lo que dará lugar algo que supondrá una novedad en el ámbito político y que trataremos más adelante. Pero hemos de recordar que, a pesar de esto, que no era más que el principio de un progresivo e incipiente cambio social, la sociedad continuó siendo de una forma aplastantemente mayoritaria rural, hecho que no se verá trastocado hasta bien entrada la época moderna.
Durante toda la Edad Moderna, y más concretamente la época del Renacimiento, todos los cambios sociales iniciados en época bajomedieval, serán continuados, desarrollados y consolidados. Lo cual nos permite ver, desde la perspectiva histórica un proceso basado en el continuismo del Renacimiento respecto a la época medieval.
En todo ello, existe, asimismo, un trasfondo económico muy importante para entender el proceso que conducirá al fin del medioevo, desembocando en la sociedad renacentista.
Como hemos dicho, la sociedad sería a lo largo de toda la Edad Media predominantemente rural, por lo que la principal fuente de riqueza consistía en la propiedad y explotación de las tierras de forma agrícola o, en menor medida, ganadera. Esta fuente de riqueza estará dominada durante toda la Edad Media prácticamente en exclusiva por los estamentos privilegiados, nobleza y clero, por lo que junto a una situación de predominio social se desarrollará un predominio económico. Ahora bien, estas tierras no eran trabajadas por ellos( el trabajo manual estaba mal visto), sino por, generalmente, los siervos, campesinos que a cambio de una parte importante de su cosecha y algunos servicios en las tierras señoriales, recibían el permiso de ocupar una pequeña parcela de tierra y un lugar para vivir muy humildemente, por parte del señor. Pero esta situación, en principio prácticamente monolítica, a partir de la Baja Edad Media, aunque no sufrirá grandes modificaciones, sí abrirá las puertas para cambios posteriores. De esta manera, desde el siglo XII y paralelamente al renacimiento de las ciudades, y tal vez como causa de ello, las pautas de comportamiento económico fueron variando, pasando de una economía con una clara naturaleza autárquica a una apertura comercial, con la parición de mercados, ferias y puertos importantísimos que iban a abrir las puertas al comercio de productos lejanos y exóticos para los europeos, así como una incipiente pero firme industria textil en zonas del Norte de Europa. Entre las clases poderosas, ansiosas de poder adquirir estos productos, lujosos y que podían remarcar su pertenencia a un estamento superior, se dio un cambio de mentalidad, comenzando a darle mayor importancia la posesión de dinero, necesario para obtener productos provenientes del comercio, con lo que la posesión de riqueza dejaba de estar tan íntimamente ligado a la posesión de tierras. En este momento, adquieren gran imortancia los sistemas bancarios, instituciones que permitirán a los nobles y monarcas hacerse con altas sumas de dinero, en épocas de necesidad, mediante créditos, que habrán de devolver con unos, por lo general, elevados intereses.
Ello supondría, como es de esperar, cambios en la forma de producción y de vida del campesinado que trabajaba las tierras. Las tierras que trabajaban y su propia condición jurídica padecería modificaciones, pues el antiguo sistema servil no permitía al señor obtener dinero, sino productos de la cosecha. Ocurrió, pues, que se dio una cierta "liberalización" respecto a la situación anterior, basada en el arrendamiento, lo que permitía al campesino una mayor libertad de movimientos, pudiendo el poco excedente que se conseguiría ponerlo en circulación dentro de los circuitos comerciales que se iban extendiendo cada vez más. Además. Este sistema permitía que la tierra fuese trabajada por menos campesinos, al darse un cierto sentimiento de propiedad y de individualización, lo que causó que una parte importante de la población agrícola, de nuevo, iniciase un éxodo rural en busca de una nueva oportunidad en las ciudades.
Pero ¿cómo influía todo esto en la economía urbana?. La población que llegaba a las ciudades se veía obligada a ganarse la vida de una forma diferente a la que tradicionalmente y todavía, mayoritariamente, se hacía. Una gran parte del contingente poblacional desplazado se ocupó en tareas y actividades artesanales decir la producción de objetos y útiles de una forma protoindustrial para ponerse en circulación en los mercados, rehuyendo la forma tradicional de producción de estos útiles, por la cual el interesado solía fabricarse para sí mismo y en cantidad dependiente de su necesidad, sin tener en cuenta las posibilidades de un hipotético comercio. En este contexto, una parte reducida, aunque significativa de la sociedad europea del momento, basará sus actividades, no en la producción de su alimento, sino en la producción de otros enseres que se verá obligado a cambiar bien por dinero, bien por otros productos de primera necesidad. Fue posible, cabe recordar, gracias al aumento de productividad de las tierras, que permitirá alimentar a más población de la que se dedica a su trabajo.
Banco italiano del siglo XIV
En estrecha relación con las nuevas actividades de carácter urbano debemos situar a los gremios, asociaciones de artesanos de una misma rama productiva, que velará por preservar sus derechos y privilegios, normativizando el funcionamiento de los talleres y asociados al gremio, imponiendo los límites a la producción, para subir o bajar el precio según sus intereses; dedicándose a la enseñanza del oficio a través de los aprendices; estipulando el precio; e, incluso, otorgando las licencias, o no, a aquellos que pretendieran abrir un taller de un determinado sector en una determinada ciudad.
Estos gremios fueron importantes grupos de presión en las ciudades, haciendo patente su opinión sobre cualquier tema relativo a la comunidad. Además, muchos de los integrantes de estos gremios llegarán a ocupar los cargos de gobierno de mayor responsabilidad dentro de los concejos municipales.
Por todo este, podemos decir que durante el periodo bajomedieval, si bien no puso fin al sistema económico y social del feudalismo, sí significó un punto de inflexión, con la aparición de una incipiente sociedad de clases en el mundo urbano, en el que se comenzarían a gestar las características propias del periodo siguiente, el Renacimiento. Por lo tanto, resulta obvio que entre el medievo y la época posterior no existen cambios abruptos ni radicales, sino que el Renacimiento supone el desarrollo de un proceso iniciado algunos siglos antes.
POLÍTICA
Desde el siglo XIII, las instituciones monárquicas a lo largo y ancho del territorio europeo, se fueron consolidando en detrimento de los poderes universalistas, Papado e Imperio, que durante toda la Edad Media hasta este momento, habían pugnado por conseguir la supremacía política en el Viejo Continente. Asimismo, los poderes más o menos y reducidos propios de una estructura feudalizante fueron paulatinamente integrados en unas realidades políticas que comenzaban a desarrollarse, que acabarían siendo el germen de los Estados modernos.
Para conseguir todo esto, fue necesario que los monarcas que intentaban consolidar su poder en unos determinados territorios, pusiesen en marcha una imparable maquinaria propagandística que dotase de un cuerpo doctrinal y, sobretodo, de legitimidad el proceso iniciado.
Durante la época medieval, en los territorios de ámbito cristiano, el poder del Papado era incuestionable, a pesar de que se dieron diferentes conflictos entre los dos poderes universalistas, ya antes mencionados. El Sumo Pontífice basaba su autoridad en dos pilares básicos, la autoridad religiosa por ser sucesor del apóstol San Pedro, como cabeza de la Iglesia y el hecho de que fuese el legítimo interpretador de la Biblia, lo cual le confería un amplio margen de movimiento, traspasando, incluso las tareas en el ámbito religioso que le eran propias, inmiscuyéndose en terrenos más seculares propios de los poderes políticos terrenales. A partir de la reforma gregoriana, el Obispo de Roma vio reforzada su posición gracias a la inestimable ayuda de diversos "ideólogos" como Santo Tomás de Aquino o San Bernardo de Claraval, entre otros. Según estos autores, al Papa le correspondía el gobierno universal, dada su condición de vicario de Cristo y, por lo tanto, el Emperador sólo podía actuar de forma legítima si el Pontífice le concedía su beneplácito.
Pero a finales del siglo XIII, ambos poderes entrarían en una espiral decadente, padeciendo una creciente presión por parte de los cada vez más poderosos centro políticos que en Europa se irían consolidando. Por ejemplo el monarca francés Felipe IV reclamó al clero que participaran de la financiación de las guerras contra los ingleses, a través de impuestos. Ello era una clara muestra de que a partir del período bajomedieval, la unidad cristiana se fue diluyendo a favor de las nuevas entidades nacionales que iban a ir apareciendo por el viejo continente. A partir de los concordatos que se firmarán desde estos momentos entre los nuevos Estados y la Santa Sede, aquellos irían logrando la sumisión fiscal del clero y el control de los nombramientos eclesiásticos. En poco tiempo los monarcas fueron capaces de ampliar su poder sobre su clero nacional.
Por otra parte, como hemos dicho, el otro poder con afán universalista, el Imperio, sufrirá un similar proceso decadente. Durante el medioevo, los Emperadores de Occidente se considerarán sucesores de los césares romanos. La concepción universalista de esta institución, unida a las influencias del monoteísmo cristiano, dotaron a los emperadores de un carácter cuasi sacralizado, solamente por debajo de Dios. Ello tuvo su reflejo en el simbolismo que adoptaba. Para el papado, el Sacro Imperio debía de ejercer como la espada de la Iglesia, defensor de la ortodoxia emanada de los Estados Pontificios. De tal forma, si el emperador de turno no era capaz de cumplir con su función, el Papa podía privarle del título imperial. Ante esto, algunas voces se levantaron para intentar dotar de legitimidad al Imperio, como una institución útil y necesaria para luchar contra las desviaciones religiosas.
Los sucesivos conflicto a lo largo de los siglos XIV y XV, unidos a la creciente debilidad del Imperio, acabaron por echar al traste las ansias universalistas, siendo cada vez más patente la identificación Imperio- nación alemana. Al mismo tiempo, los diversos monarcas de los diferente territorios europeos fueron adquiriendo una concepción de si mismos como emperadores de su territorio, es decir, se desarrolló un proceso de "imperialización". Los monarcas fueron apropiándose de símbolos y atribuciones, que correspondían al emperador, dentro de sus propios territorios. Los Reyes lo serán por la "gracia de Dios".
Además de contra los poderes universalistas, los monarcas europeos hubieron de enfrentarse a una compleja situación de fragmentación territorial, basada en la existencia de los poderes feudales. Estas divisiones tuvieron su máximo apogeo entre los siglos X y XIII, cuando los reyes se mostraron incapaces de mantener la seguridad de sus vasallos ante las incursiones y ofensivas de musulmanes, normandos, etc., por lo que cedieron parte de sus territorios, a cambio de su custodia y protección a los principales nobles que le acompañaban. Cada uno de estos territorios se convertía en un dominio jurisdiccional bajo la dominación efectiva de un señor que, en teoría se mantenía, mediante una relación feudo- vasallática, por debajo del monarca. Sin embargo, estos poderes se mostraron fuertes, tanto o más, en ocasiones, que el propio monarca, por lo que el monarca fue considerado como un primus inter pares, es decir, un primero entre iguales.
Fue gracias a la aparición de las ciudades, con un nuevo grupo social, la burguesía, que el Rey pudo volver a hacer frente a los poderes locales. La burguesía mantenía, debido a sus actividades económicas, unos intereses radicalmente opuestos a los de la nobleza feudal. Se creó, de tal forma, una especie de alianza entre las ciudades y el monarca, por la cual éstas se acogían a la jurisdicción real y recibían abundantes franquicias y privilegios. El monarca podía, así, reclamar una serie de subsidios regulares y unas milicias disciplinadas, lo cual le confería, al menos en parte, el poder perdido anteriormente.
La existencia de estos poderes ciudadanos provocó la creación de unos sistemas de gobierno un tanto más complejos, a lo largo de los siglos XIII y XIV, con unas asambleas(Cortes en España; Dieta en Alemania; etc.) a las que el monarca convocaba con cierta regularidad a representantes de la nobleza, del clero y de las ciudades para tratar diversos asuntos de gobierno. Debido a este tipo de iniciativas y a la dinámica de la sociedad burguesa, apoyo del monarca, el rey fue asumiendo potestades que hasta el momento, habían ejercido de forma generalizada los señores feudales. Según algunos autores, de aquí partió el concepto de Estado y la conciencia de unidad nacional.
RELIGIÓN(Y RELIGIOSIDAD)
El desarrollo de un pujante mundo urbano basado en la ciudad, supuso cambios en muchos ámbitos de la vida medieval, sin excluir, como es lógico, el aspecto religioso. La Iglesia se vio abocada a un proceso de renovación y modificaciones en su seno. Esta institución hubo de adaptarse a la nueva realidad social, para ser capaz de seguir manteniendo el control sobre los fieles.
Una vez desaparecido, o como mínimo venido a menos, el poder imperial, uno de los principales contrincantes de la Iglesia, ésta tuvo que hacer frente a otro tipo de problemática en su afán de mantener la supremacía en Europa. Para el papado ya no era posible el control de la Iglesia a partir del dominio de un poder político, cuya estructura feudal vasallática estaba desorganizándose. De tal forma en los nuevos centros urbanos se instalaron los cardenales y obispos, que poseerán el control en los grandes templo, buscando el amparo económico de los nuevos burgueses ricos.
En el propio ámbito urbano, a partir del siglo XII aparecen un nuevo tipo de órdenes religiosas, cuyo máximos exponentes serán los Franciscanos y los Dominicos. Se basaban en el trabajo y la caridad pública. Los Franciscanos eran más proclives ala pobreza, propugnando un ideal de fraternidad y desarrollando sus actividades entre lo marginados y los más desfavorecidos. Por su parte, los Dominicos mantenían un afán de carácter didáctico y una posición férrea como defensores de la fe en el ámbito urbano.
En la parte más alta de la pirámide social urbana, el clero comenzó a ejercer su autoridad mientras el papado asumía el "pontificado universal", que sólo sería posible gracias a una jerarquización y burocratización de la organización eclesiástica
Pero a partir del Papado de Aviñón y lo que ello significó, se extenderá una sensación de nostalgia de un cristianismo más puro y sincero. Debido a ello surgirán, por un lado, movimientos subversivos contrarios a la estructura y organización eclesiástica; por otro lado, movimientos nutridos por la propia devoción que reivindicaban un sincero espíritu regenerador de una Iglesia nada espiritual y sí muy mundana.
Entre los movimientos de cierto carácter subversivo se extendió la visión de los eclesiásticos como unos más de los muchísimos señores más, que basaban su riqueza en la explotación de las clases más desfavorecidas. Por ello, se desencadenó una fuerte crítica antisistema. La difusión de esta crítica halló en los movimientos heréticos un excelente vehículo de difusión de sus planteamientos e ideas, que unido a una cierta secularización del saber, propició una fuerte reacción por parte de las jerarquías eclesiásticas mediante la Inquisición, que desencadenó un desmesurada campaña de terror y represión sobre todo aquel sospechoso de mantener una postura crítica con la situación general de la Iglesia.
Entre estos movimientos heréticos cobraron cierta importancia los cátaros y los valdenses, como principales negadores del valor de la jerarquía eclesiástica, que acabaron siendo destruidos por la Inquisición. Mayor dificultad hubo para conseguir la represión del los denominados Hermanos del Libre Espíritu, que difundían sus tesis basadas en la maldad de la Iglesia, la inutilidad de los Sacramentos y la excelencia para el espíritu de a ausencia total de propiedades y bienes materiales, llegando, incluso a predicar la más absoluta libertad sexual. También en el seno de órdenes ya existentes tal como los franciscanos, se produjeron divisiones, entre los que por una parte reclamabn una mayor pureza cristiana con unos postulados más extremistas, denominados joachinistas, seguidores de Joaquín de Fiore. Su reclamación consistía en la sustitución de la Iglesia jerarquizada por una con mayor carácter espiritual, con el cumplimiento efectivo del voto de pobreza.
Sin embargo todos estos movimientos, que por su carácter negativo y antisistema no proponían una alternativa real no supusieron un verdadero peligro para la Iglesia. El verdadero peligro se daría con algunos movimientos como el husismo y el wyclifismo, que sin poseer una vocación herética las masas iletradas en los que se basaban, les confirieron un cierto carácter heterodoxo.
En otras ocasiones, el espíritu crítico se debía, no a elementos sociales con matices subversivos, sino a una mayor calidad del sentimiento cristiano en relación con épocas anteriores. De ello se alimentaba una corriente de renovación en el propio seno de la estructura eclesiástica y de los principios vigentes dentro de la Iglesia. Estos movimientos internos tenían por única inspiración la voluntad de una piedad laica y mayor religiosidad individualista. Sin embargo, la propia Iglesia, no entendía que ello fuera así, sino que estas corrientes tenían por finalidad la debilidad de la institución eclesiástica, por lo que habría de respondérsele con una reacción de gran envergadura, tanto desde la jerarquía individual como desde la temporal.
Un tema fruto de agrias controversias fue el de la infabilidad papal, que no se ponía en duda, sino que se pedía trasladar este poder doctrinal a gentes eruditas en temas espirituales, es decir, a teólogos. Pero la mayoría de las críticas se dirigían hacia el centralismo del papado de Aviñón, que desde su situación preponderante en el mundo cristiano ejercía su autoridad en beneficio propio, acumulando las rentas del clero en su favor o incluso cediéndolas a nobles en busca del favor político, lo que acabó produciendo la aristocratización de la Iglesia. El resultado fue un clero poco instruído, extremadamente secularizado y excesivamente dado a prácticas absentistas.
Todo este proceso de intentos de reformas en el seno de la cristiandad acabará con la unidad de la Europa cristiana durante el Renacimiento, a partir de la reforma protestante, encabezada por Lutero, con una serie de Iglesias que se desligarán del poder papal, convirtiéndose en Iglesias con un carácter más o menos nacional, quizás como fruto de la conciencia nacional de la que hemos hablado anteriormente, en diversos estados europeos. Todavía hoy se mantiene esa división
CONCLUSIÓN
Como se ha podido comprobar, los cambios que tendrán lugar de forma generalizada durante la Edad Moderna, y más concretamente en el Renacimiento, que acabarán con la Edad Media, parten del mismo medievo. La dinámica socioeconómica entrará en conflicto con unas estructuras políticas arcaicas que habrán de adaptarse a la nueva realidad social y económica. Ante esto, la institución de mayor poder durante todo el periodo medieval no puede quedarse impasible y, a su vez, ha de buscar acondicionarse de tal forma que le permita seguir manteniendo un papel predominante en la sociedad.
La decadencia de las formas sociales medievales comienza como consecuencia de su propia evolución, que acabará dando lugar a un nuevo tipo de sociedad, la Renacentista, con unas nuevas pautas sociales, económica, políticas, culturales y religiosas, que sin embargo no significará un cambio abrupto respecto a la época anterior, sino la culminación de un proceso comenzado siglos atrás, cuyo resultado es el producto lógico de esa evolución.
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El autor...
- Vicent Selva Belén
- València, València
- Licenciado en Historia(orientación moderna y contemporánea)por la Universidad de Alicante- Universitat d´Alacant; doctorando en Historia contemporánea por la Universidad de Granada, en el programa de tercer ciclo "Claves de la Modernidad". Posgraduándo en Estudios Internacionales en la Universitat de València. Analista en Relaciones Internacionales. Escritor y poeta en mi tiempo libre...
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jueves, 21 de febrero de 2008
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4 comentarios:
Che Primo on vas? que quieres ser una vanguardia elitista o que?. Che vete a buscar peines debajo de las piedras fantasma. Porque no haces un estudio sobre el autoritarismo jeràrquico dentro de los partidos comunistas en el siglo XXI?.
Va romeo que estamos en el 2008. rantanplan.
Con el fin de ayudar a un amigo, desarrollaré una crítica constructiva sobre el diseño del blog: - Decirte que el blog está bien pero ver tanto texto junto desanima. No puedes pretender, por mucho interés que exista en el tema expuesto, que la gente se lea todos esos parrafos juntos.(consejo: mete alguna foto, cambia los colores de los títulos y cosas así que amenicen la lectura)
gracias esta buenisima la pagina me ha ayudado mucho espero no hayas dejado de luchar por ella x mas que te tiren tierra encima.... besos... suerte...
Ósea pero no entendí en reptura o continuidad
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